El concepto de ser

El gran error que cometemos los seres humanos es identificarnos con factores externos y creer que somos eso. Construimos nuestra identidad —o ego— a partir de cosas cambiantes: posición social, creencias inculcadas, validación externa, posesiones y, en tiempos modernos, seguidores, likes y alcance.
La mayoría de las personas usan una careta. Al no saber quiénes son realmente, actúan como se supone que deben ser, como esperan los demás. Yo estuve ahí, y es agotador.
Me rodeaba de personas que no tenían nada que ver conmigo. Tenía conexiones vacías y superficiales. Dañaba mi pelo para obligarlo a ir en contra de su naturaleza solo porque me enseñaron que lacio y rubio era más bonito. Odiaba todo lo que era y quería convertirme constantemente en algo más.
Ninguna relación —ni de amistad ni amorosa— era duradera. Y claro, ¿cómo iba a durar algo construido desde la mentira? Vivía en lucha con el mundo, exhausta, ansiosa y profundamente deprimida.
Hasta que un día todo colapsó.
Ya no era sostenible seguir fingiendo. Me encontré sin trabajo, sin amigos, lejos de mi familia y de mi país, sin nada en qué creer. Y ahí apareció una pregunta que me atravesó por completo: ¿quién soy realmente? Si me quitan todo eso, ¿significa que no soy nadie?
Entré en una crisis existencial profunda, lo que muchos llaman “la muerte del ego”: la destrucción de una identidad construida durante años que nunca reflejó mi verdadera esencia.
Me pregunté si realmente me gustaba quién era —o quién creía ser— y la respuesta fue devastadora: no. Mi vida era un caos, pero ese caos era solo un reflejo de lo que existía dentro de mí. Comprender que yo también era responsable de mi propio sufrimiento me destruyó… y al mismo tiempo me transformó.
Porque si algo tiene el sufrimiento es una enorme capacidad de transformación.
Sentí tanto dolor que ya no tuve otra opción que cambiar. Y entendí que la transformación nunca termina; tristemente, para muchos nunca comienza.
Poco a poco descubrí algo más profundo: una esencia que no depende de factores externos, separada de la versión de mí que existe en la mente de los demás. Una esencia que aprende, cambia y evoluciona, pero que sigue siendo la misma en lo más íntimo.
Entonces comprendí que ser no depende de tener ni de hacer. Ser no es un concepto fijo definido por etiquetas o posesiones. Intentar definir algo tan vivo y abstracto como el ser humano es limitarlo.
El ser es simplemente aquello que hace que algo exista y sea lo que es. Y si baso mi identidad en factores externos, les doy el poder de definirme, destruirme o controlarme.
Descubrí que no soy algo separado del todo. Que soy el universo manifestándose en un pequeño cuerpo. Que soy conciencia, energía, creación. Una extensión de lo divino habitando la materia, como todo lo que existe.
Y desperté.
Como una alquimista, transformé mi dolor en curación. Aprendí a estar en silencio conmigo y con mis pensamientos, algo que antes me parecía imposible. Y entendí que la magia que buscaba afuera siempre estuvo dentro de mí.
Porque al final, ser no es convertirse en algo. Es recordar lo que siempre hemos sido.



